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A lo largo de estos años, mientras el eje franco-alemán se ha mantenido firme manejando la batuta europea, el proyecto de Zapatero ha navegado con las velas desplegadas y el viento internacional a favor. Ahora la Europa de las patrias se dispone a sustituir a la Europa de los pueblos. Y en su proyecto, Sarkozy quiere contar con un Estado español relativamente fuerte, para articular un frente de las otras 5 grandes naciones europeas capaz de contrapesar el excesivo peso germano en la política continental

La ruptura del alto el fuego liquida el proyecto de Zapatero

Nuevos vientos, cambio de rumbo y golpe de timón

A. Lozano

En sus tres años de gobierno, a Zapatero le ha ocurrido lo que a aquel senador norteamericano, que tenía más soluciones que problemas. Y entonces, para aplicar sus soluciones, se inventaba los problemas. La tragedia para este tipo de gente es que cuando los vientos cambian de dirección, siempre les pillan enredados. Y entonces, no ya las soluciones, sino ellos mismos se convierten en el auténtico problema del que todos quieren desembarazarse.

La inopinada victoria de Zapatero, tras los sangrientos atentados del 11-M que viraron drásticamente todas las previsiones electorales, se produce en unos momentos de máxima ebullición del eje franco-alemán.

A toda vela

En marzo de 2004, la llegada de Zapatero al Gobierno de España coincide con el momento en que con mayor intensidad el eje franco-alemán está buscando tensar las relaciones trasatlánticas aprovechando, primero el rechazo mundial a la agresión, y después el empantanamiento de Bush en Irak. El triunfo de Zapatero llega justo en el momento en que París y Berlín están propiciando un fuerte impulso y poniendo la quinta velocidad al proyecto de una Europa bajo hegemonía franco-alemana. Acelerando de tal forma la marcha, que incluso están a punto de pasarse de frenada jugando abiertamente a coquetear con Moscú, con vistas a la creación de un hipotético eje tripartito de poder mundial capaz de contrapesar la hegemonía norteamericana.

En este marco internacional, el proyecto de Zapatero encajaba a la perfección con el diseño de la llamada Europa de los pueblos, el designio estratégico de fragmentación de los viejos Estados nacionales con el que Berlín –en este caso con la colaboración de Chirac, otro nuevo Petain– ha pretendido históricamente imponer su supremacía sobre el Viejo Continente.

Las líneas maestras del proyecto de Zapatero, ahondando en la desarticulación política del Estado a través de unas reformas estatutarias que debían conducir a su extremo debilitamiento, a un vago Estado confederal, “helvetizado”, con unos vínculos cada vez más laxos entre sus distintas partes, abría las puertas de par en par al doble objetivo franco-alemán. Por un lado, para Francia nada mejor que sumir a España en una situación de máximo desfallecimiento, uno de sus pertinaces objetivos históricos para con nosotros. Por el otro, nada más alentador para el futuro proyecto de Alemania que un gran Estado en el sur de Europa con vínculos tan frágiles como el que anunciaba Zapatero. Si, además, ese mismo proyecto exigía internamente la aniquilación del PP, que bajo el mandato de Aznar se había convertido en un auténtico dolor de muelas para Schröder y Chirac, tanto mejor.

A lo largo de estos años, mientras el eje franco-alemán se ha mantenido firme manejando la batuta europea, el proyecto de Zapatero ha navegado con las velas desplegadas y el viento internacional a favor. Con un impulso así, los múltiples obstáculos internos –que iban desde las resistencias internas de su propio partido y su base electoral hasta la feroz oposición del PP, pasando por el fuerte rechazo popular expresado en el desistimiento masivo a apoyarlo en las urnas– se suponía que debían ser más fácilmente sorteables para un piloto con pericia.  Sin embargo, a finales del verano de 2006, con la apurada victoria de Merkel en Alemania, los vientos internacionales y europeos empezaban a cambiar de dirección

Marinero sin luces

Pese a no conseguir una victoria incuestionable, la formación del gobierno de “grosse koalition” en Alemania marca un punto de inflexión en el marco europeo. Berlín vuelve al redil norteamericano, se olvida de veleidades autonomistas y comienza a soltar amarras con un socio francés, sumido en un profundo declive y de cuya mano había sido arrastrado a aventureras apuestas internacionales. El eje franco-alemán inicia su resquebrajamiento y la burguesía monopolista alemana, en coherencia con el giro dado en sus relaciones con Washington, empieza a arrinconar –y por un tiempo previsiblemente largo– el proyecto de la Europa de los Pueblos: el sistema de relaciones entre los Estados europeos surgido de la Guerra Fría no puede ni debe ser alterado sustancialmente en unos momentos en que los crecientes desequilibrios de poder mundiales amenazan con desestabilizar seriamente la hegemonía norteamericana. Y con ella, el orden mundial que asegura a las burguesías europeas un papel privilegiado en la distribución del poder y, sobre todo, la plusvalía mundial. El antiguo “frente antisoviético” que durante la Guerra Fría las mantuvo unidas frente al enemigo común, deberá ahora ser recompuesto bajo nuevas formas y en las nuevas condiciones mundiales.

Menos de un año después, el “ciclón” Sarkozy arrasa en Francia y con su victoria queda definitivamente alterado el tablero europeo en el que Zapatero inició su andadura. La Europa de las patrias se dispone a sustituir a la Europa de los pueblos. Y en su proyecto, Sarkozy quiere contar con un Estado español relativamente –sólo relativamente– fuerte, para articular un frente de las otras 5 grandes naciones europeas capaz de contrapesar el excesivo peso germano en la política continental.

Los vientos europeos e internacionales han girado y vienen ahora en una dirección que es exactamente la contraria de la que tomó Zapatero. Sin embargo, el presidente del gobierno español no da la impresión de ser un piloto experto, capaz de adivinar los cambios de viento y maniobrar en consecuencia, virando un rumbo que en esas condiciones ya no es posible.

Por contra, no sólo se empeña en sacar adelante un proyecto que navega contracorriente y amenaza claramente con encallar, sino que además despliega una política exterior en la que se va quedando cada vez más aislado. Alianza de Civilizaciones con un secretario general de la ONU a punto de ser defenestrado y con una Turquía situada en el ojo del huracán del previsible veto a su entrada en la UE. Intento de formación de un impensable eje Madrid-Roma del que es pensable que la “finezza” política italiana sea capaz de sacar réditos, pero mucho más dudoso que España gane nada, o incluso salga trasquilada.

Tercer aviso y golpe de timón

Los resultados de los referéndums de Cataluña y de Andalucía fueron el primer aviso de que la nave de Zapatero empezaba a navegar sin rumbo. Los resultados del 27-M, el segundo aviso, pusieron de manifiesto que el centro del proyecto de Zapatero, que exigía la eliminación del PP como una fuerza esencial de la política española, había fracasado. El tercer aviso, y parece que definitivo, lo acaba de dar ETA al anunciar la ruptura del alto el fuego. Como no resulta infrecuente en la vida política española de las últimas décadas, hace falta algo más que un resultado electoral para dar el necesario golpe de timón que cambie el rumbo. Otra vez –como con Carrero en 1973, como en 1980-81, el año más sanguinario de su sanguinaria historia– ETA vuelve a jugar en él un papel de primer plano.

Tras él, desde luego, Zapatero está obligado a cambiar de política. Pero, posiblemente, el asunto vaya más allá y sus consecuencias sean que más tarde o temprano vayan a cambiarlo a él. Como le espetaba recientemente uno de los pensadores “orgánicos” del Grupo Prisa, Javier Pradera, en el diario EL PAÍS, a los gobernantes no se les exige buenas intenciones, sino “experiencia para no dejarse engañar, frialdad para separar deseos de realidades, modestia para rectificar a tiempo los desaciertos y prudencia para tomar decisiones”. Cuando desde tu propio “cuartel general” te bombardean de esa manera, mejor poner las barbas a remojar.

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