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Editorial De Verdad 11-2007


¡Basta ya! anuncia la creación de un nuevo partido de izquierdas

¡¡¡POR FIN!!!

 
 

La cristalización de este proyecto es consecuencia de la reacción de los sectores más decididos y consecuentes de la izquierda patriótica y democrática, empeñados desde hace tiempo en una infatigable lucha contra la deriva nacionalista de las fuerzas de izquierdas

Un destacado contingente de miembros de la rebelión democrática vasca –encabezados por Fernando Savater y el portavoz de Basta Ya, Carlos Martínez Gorriarán– hacían pública días atrás su decisión de iniciar la andadura que puede llevarles a crear, en el curso de unos pocos meses, un nuevo partido de izquierdas de ámbito nacional, firme ante el terrorismo y los chantajes e imposiciones de los nacionalismos excluyentes, decidido a poner fin al permanente zarandeo y cuarteamiento de la unidad de España y dispuesto a luchar por la regeneración democrática de la vida política y las instituciones.

Toda vez que la integridad moral y política del grupo promotor está fuera de toda duda, la reacción de las fuerzas políticas se ha reducido a la aparente indiferencia del PSOE, el llamamiento de los portavoces políticos y mediáticos del PP a que voten a Rajoy o a la absurda calificación de “conservador” con la que Llamazares ha calificado el proyecto. A lo que se han sumado, además, reiterados y encarecidos consejos mediáticos a “intelectuales que tanto apreciamos” para que no “pierdan su independencia y su valor como referentes éticos” para meterse en “aventuras políticas de incierto resultado”.

¿Por qué esta coincidencia? ¿Qué es lo que provoca tanto recelo y prevención hacia un partido todavía nonnato? ¿Quién y por qué teme tanto al proyecto de Savater y compañía?

La envergadura de la propuesta

El anuncio de la formación del nuevo partido ha traído a la memoria la reciente formación de Ciutadans y su inesperado y espectacular éxito en las pasadas elecciones autonómicas catalanas. Pero aunque, en efecto, la creación y el éxito de Ciutadans haya sido probablemente la “chispa” que ha ayudado a catalizar el proyecto, lo cierto es que el partido anunciado estos días por los miembros de Basta Ya va todavía mucho más lejos en su calado y envergadura.

En primer lugar, por su ámbito de actuación. De forma expresa, los promotores anuncian que, a diferencia de Ciutadans, el nuevo partido pretende tener, desde sus inicios, un ámbito nacional.

En segundo lugar, por la misma composición de sus promotores, el proyecto de nuevo partido nace con una vocación inequívocamente de izquierdas. Como decía el propio Fernando Savater en un artículo publicado el mismo día que se anunciaba el nuevo partido: “Yo quisiera votar a un partido socialista con una firme posición de rechazo ante el terrorismo de ETA (...), un partido socialista que no debilitara el diseño unitario del Estado de Derecho (...)”. Se puede decir más alto, pero no más claro.

Pero en tercer lugar, y esto es lo más importante, el programa que proponen como columna vertebral del nuevo partido, llevado hasta sus últimas consecuencias, significa, nada más y nada menos, que un auténtico cambio del régimen político vigente desde la Transición.

Al poner como puntos centrales de su programa de lucha política una reforma constitucional dirigida a crear un modelo federal cerrado, donde todas las comunidades tengan idénticas competencias dentro de un sólido Estado igualitario, una reforma de la Ley Electoral que impida expresamente el peso excesivo de los nacionalismos periféricos y las distorsiones que imponen al sistema constitucional y una regeneración de la vida política que implica la democratización de los partidos políticos, con listas abiertas, obligación de primarias y reformas profundas en su sistema de financiación; los promotores del nuevo partido están cuestionando el contenido y los términos de los pactos que dieron origen al actual régimen político al inicio de la Transición.

Pactos con las burguesías burocráticas regionales y sus representantes políticos que han dado lugar a un interminable proceso de desarticulación política y fraccionamiento del Estado, sometido a la insaciable voracidad de las autonomías.

Pactos con los partidos nacionalistas que otorgan, a través de una injusta y desproporcionada ley electoral, un papel decisivo a las fuerzas periféricas en la formación de mayorías parlamentarias, distorsionando de tal manera la voluntad nacional que hace que partidos nacionalistas con menos de la mitad de votos que un partido de ámbito nacional, tengan sin embargo el doble de diputados en el parlamento de la nación.

Pactos de las cúpulas de los partidos políticos, que han dado lugar a la consolidación de una auténtica casta política endogámica, cerrada sobre sí misma, dotada de un poder omnímodo sobre el conjunto de las instituciones del Estado, sin necesidad de responder ante los ciudadanos por su actuación y dispuestos a asumir toda clase de hipotecas territoriales y clientelares con tal de conservar el poder nacional, regional o local.

Al poner en cuestión este conjunto de pactos y consensos sobre los que descansa el régimen político surgido de la transición, los promotores del nuevo partido están poniendo sobre la mesa la necesidad de su liquidación. Y no de una forma maquiavélica y torticera como Zapatero, sino de una forma franca, abierta y democrática. Se trata, pues, de establecer un nuevo marco, de levantar un nuevo régimen político que ponga fin, a través de la regeneración democrática de la vida política, a los errores y excesos en que ha derivado el modelo de la transición. Esta es la envergadura y el calado que tiene lo que proponen los promotores del nuevo partido.

Dificultades y recursos

El que un proyecto de esta hondura, alcance y dimensión haya podido surgir en el enrarecido panorama político español obedece a varios factores.

El primero de ellos, sin duda, a los nuevos vientos que vienen de Europa, con la ruptura del eje franco-alemán y la “congelación” por tiempo indefinido (pero previsiblemente largo) del proyecto bávaro de la “Europa de los pueblos”. Algo que Imaz (PNV) y Durán Lleida (CiU) ya habían visto venir y de ahí su rápida disposición a abandonar aventuras soberanistas y volver al redil de los pactos con la partitocracia nacional.

Pero también, la cristalización de este proyecto –si es que finalmente llega a cuajar– es consecuencia de la reacción de los sectores más decididos y consecuentes de la izquierda patriótica y democrática, empeñados desde hace tiempo en una infatigable lucha contra la deriva nacionalista de las fuerzas de izquierdas, la claudicación ante el terrorismo o la connivencia con el nacionalismo excluyente. Reacción ante el proceso de fragmentación y cuarteamiento de la unidad de España, de concesiones sin fin a las burguesías burocráticas regionales hechas además en nombre del “progresismo” y de los valores de la izquierda. Reacción ante la imposibilidad de cambiar, desde dentro mismo del actual régimen y los actuales partidos políticos mayoritarios, la dirección de este proceso.

Por la misma naturaleza de su proyecto, los promotores del nuevo partido van a encontrarse, aunque quizás todavía no sean plenamente conscientes de ello, con múltiples dificultades y ataques, desde los más sutiles a los más infamantes. En la medida que su desarrollo trastoca intereses fundamentales de distintos núcleos de poder (de clase, políticos, mediáticos,...), éstos no van a escatimar recursos, artimañas ni medios para hacerlo fracasar. Si los promotores del nuevo partido quieren tener éxito en su proyecto, deberán tomar conciencia de la actitud que ante él va a tomar la clase dominante, los llamados poderes fácticos tanto de dentro como de fuera de nuestras fronteras, a los que el actual régimen político ha permitido a lo largo de más de treinta años conservar incólume (cuando no ampliar y fortalecer) el poder de que disponen. No incluir esta incógnita en la ecuación, y obrar en consecuencia, sólo puede llevar a conclusiones erróneas.

Sin embargo, la expectación despertada por el anuncio del proyecto de formación del nuevo partido, es indicativa, al mismo tiempo, de los inmensos recursos que una alternativa de este tipo dispone. Si las reformas territoriales o la negociación con ETA y los nacionalismos excluyentes no ha podido llegar más lejos todavía, es precisamente porque uno de los puntos más débiles del proyecto de Zapatero reside en la resistencia y el rechazo que un proyecto de esta naturaleza levanta en su propia base social y electoral. Movilizar y unir a toda esta poderosa corriente patriótica y democrática que existe en la mayoría social de izquierdas de nuestro país es el difícil pero ambicioso reto al que nos enfrenta el valiente paso adelante dado por Savater y compañía. Todas las personas progresistas, demócratas y patriotas deben apoyarlo, difundirlo, agruparse y coordinarse con los promotores. No debemos dejarlo fracasar por tibieza o indecisión, sino contribuir a hacerlo realidad y que supere con matrícula de honor el período que, prudentemente, se ha autoimpuesto el grupo promotor para recabar los apoyos necesarios que posibiliten la formación, para octubre, del nuevo partido.

En este camino por hacerlo realidad, encontrarán, desde luego, nuestro más decidido y sincero apoyo, nuestra más entusiasta y desinteresada colaboración.

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